1.- Se
transmutan sin cesar en la humanidad. En el perpetuo
fluir del universo nada es
y todo deviene, como anunció el oscuro Heráclito efesio. Al par de lo cósmico, lo
humano vive en eterno movimiento; la experiencia social es incesante renovación
de conceptos, normas y valores. Las fuerzas morales son plásticas, proteiformes, como las costumbres y
las instituciones. No son tangibles ni
mensurables, pero la humanidad siente su empuje. Imantan los corazones y fecundan los ingenios. Dan, elocuencia al apóstol cuando predica su credo, aunque pocos le escuchen y ninguno le siga; dan
heroísmo al mártir cuando afirma su fe,
aunque le hostilicen escribas y fariseos. Sostienen al
filósofo que medita largas noches insomnes, al poeta que
canta un dolor o alienta una esperanza, al sabio que enciende una chispa en su crisol, al utopista que persigue una perfección
ilusoria. Seducen al que logra escuchar su
canto sirenio; confunden al que pretende en vano
desoírlo. Son tribunal supremo que
transmite al porvenir lo mejor del presente, lo que embellece y dignifica la vida.
Todo rango es transitorio sin su sanción
inapelable. •Su imperio es superior a la coacción y la violencia: Las temen los poderosos y hacen
temblar a los tiranos. Su heraclea firmeza vence, pronto o tarde, a la injusticia, la hidra generadora de la inmoralidad
social.
El hombre que atesora esas fuerzas adquiere valor moral, recto
sentimiento del deber que condiciona su dignidad.
Piensa como debe, dice como siente, obra como quiere. No persigue recompensas
ni le arredran desventuras. Recibe con serenidad el contraste y con prudencia
la victoria. Acepta las responsabilidades de sus propios yerros y rehúsa su
complicidad a los errores ajenos. Sólo el valor moral puede sostener a los que
impenden la vida por su patria o por su doctrina, ascendiendo al heroísmo. Nada
se les parece menos que la temeridad ocasional del matamoros o del pretoriano,
que afrontan riesgos estériles por vanidad o por mesada. Una hora de bravura
episódica no equivale al valor de Sócrates, de Cristo, de Spinoza, constante
convergencia de pensamiento y de acción, pulcritud de condena frente a las
insanas supersticiones del pasado.
Las
fuerzas morales no son
virtudes de catálogo, sino
moralidad viva. El perfeccionamiento de la ética no consiste en
reglosar categorías tradicionales. Nacen, viven y mueren, en función de las
sociedades; difieren en el Rig-Veda
y en la Ilíada,
en la Biblia
y en el Corán,
en el Romancero y
en la Enciclopedia. Las
corrientes en los catecismos usuales poseen el encanto de una abstracta
vaguedad, que permite acomodarlas a los más opuestos intereses. Son viejas,
multiseculares; están ya apergaminadas. Las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Templanza, Coraje y Justicia, eran ya para los
socráticos formas
diversas de una misma virtud: la Sabiduría. Las conservó Platón, pero supo idealizar la virtud en un concepto
de armonía universal. Aristóteles,
en cambio, las descendió a ras de tierra, definiendo la virtud como el hábito de atenerse al justo
medio y de evitar en todo los extremos. De esta noción no se apartó Tomás de Aquino, que a los
cardinales del estagirita agregó las teologales, sin evitar que sus
continuadores las complicaran.
Estáticas, absolutas, invariables, son frías escorias dejadas por la fervorosa
moralidad de culturas pretéritas, reglas anfibológicas que de tiempo en tiempo
resucitan nuevos retóricos de añejas teologías.
Poner la virtud en el justo medio fue negarle toda función en el desenvolvimiento
moral de la humanidad; punto de equilibrio entre fuerzas contrarias que se anulan,
la virtud resultó, apenas, una prudente transacción entre las perfecciones y
los vicios.
La concepción dinámica del universo relega a las vitrinas de museo esas
momias éticas, inútiles ya para el devenir de la moralidad en la historia
humana. Sólo merecen el nombre de Virtudes las
fuerzas que obran en tensión activa hacia la perfección, funcionales, generadoras.
En su vidente libro de juventud escribió Renán: "El gran progreso de la
reflexión moderna ha sido sustituir la categoría del devenir a la categoría del
ser, la concepción de lo relativo a la concepción de lo absoluto, el
movimiento a la inmovilidad". Pocas sentenciar son más justas que la del
sutil maestro del idealismo.
Para
una joven generación de nuestro tiempo es esencial conocer las fuerzas morales que obran en las sociedades
contemporáneas: virtudes para la vida social, que no descansan bajo
ninguna cúpula. Más que
enseñarlas o difundirlas, conviene despertarlas en la juventud que virtualmente las posee. Si la
catequesis favorece la perpetuación del pasado, la mayéutica es propicia al florecimiento del
porvenir.
Dichosos los pueblos de la América Latina si los jóvenes de la Nueva Generación
descubren en sí mismos las fuerzas morales necesarias para la magna Obra: desenvolver
la justicia social en la nacionalidad
continental.
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