viernes, 19 de julio de 2013

LAS FUERZAS MORALES - JOSÉ INGENIEROS

LAS FUERZAS MORALES

1.- Se transmutan sin cesar en la humanidad. En el perpetuo fluir del universo nada es y todo deviene, como anunció el oscuro Heráclito efesio. Al par de lo cósmico, lo humano vive en eterno movimiento; la experiencia social es incesante renovación de conceptos, normas y valores. Las fuerzas morales son plásticas, proteiformes, como las costumbres y las instituciones. No son tangi­bles ni mensurables, pero la humanidad siente su em­puje. Imantan los corazones y fecundan los ingenios. Dan, elocuencia al apóstol cuando predica su credo, aun­que pocos le escuchen y ninguno le siga; dan heroísmo al mártir cuando afirma su fe, aunque le hostilicen es­cribas y fariseos. Sostienen al filósofo que medita largas noches insomnes, al poeta que canta un dolor o alienta una esperanza, al sabio que enciende una chispa en su crisol, al utopista que persigue una perfección ilusoria. Seducen al que logra escuchar su canto sirenio; con­funden al que pretende en vano desoírlo. Son tribunal supremo que transmite al porvenir lo mejor del presente, lo que embellece y dignifica la vida. Todo rango es transitorio sin su sanción inapelable. •Su imperio es su­perior a la coacción y la violencia: Las temen los pode­rosos y hacen temblar a los tiranos. Su heraclea firmeza vence, pronto o tarde, a la injusticia, la hidra generadora de la inmoralidad social.
El hombre que atesora esas fuerzas adquiere valor mo­ral, recto sentimiento del deber que condiciona su dignidad. Piensa como debe, dice como siente, obra como quiere. No persigue recompensas ni le arredran desven­turas. Recibe con serenidad el contraste y con prudencia la victoria. Acepta las responsabilidades de sus propios yerros y rehúsa su complicidad a los errores ajenos. Sólo el valor moral puede sostener a los que impenden la vida por su patria o por su doctrina, ascendiendo al heroísmo. Nada se les parece menos que la temeridad ocasional del matamoros o del pretoriano, que afrontan riesgos estériles por vanidad o por mesada. Una hora de bravura episódica no equivale al valor de Sócrates, de Cristo, de Spinoza, constante convergencia de pensa­miento y de acción, pulcritud de condena frente a las insanas supersticiones del pasado.
Las fuerzas morales no son virtudes de catálogo, sino moralidad viva. El perfeccionamiento de la ética no con­siste en reglosar categorías tradicionales. Nacen, viven y mueren, en función de las sociedades; difieren en el Rig-Veda y en la Ilíada, en la Biblia y en el Corán, en el Romancero y en la Enciclopedia. Las corrientes en los catecismos usuales poseen el encanto de una abstracta vaguedad, que permite acomodarlas a los más opuestos intereses. Son viejas, multiseculares; están ya aperga­minadas. Las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Templanza, Coraje y Justicia, eran ya para los socrá­ticos formas diversas de una misma virtud: la Sabidu­ría. Las conservó Platón, pero supo idealizar la virtud en un concepto de armonía universal. Aristóteles, en cambio, las descendió a ras de tierra, definiendo la vir­tud como el hábito de atenerse al justo medio y de evi­tar en todo los extremos. De esta noción no se apartó Tomás de Aquino, que a los cardinales del estagirita agregó las teologales, sin evitar que sus continuadores las complicaran. Estáticas, absolutas, invariables, son frías escorias dejadas por la fervorosa moralidad de cul­turas pretéritas, reglas anfibológicas que de tiempo en tiempo resucitan nuevos retóricos de añejas teologías.­
Poner la virtud en el justo medio fue negarle toda fun­ción en el desenvolvimiento moral de la humanidad; punto de equilibrio entre fuerzas contrarias que se anu­lan, la virtud resultó, apenas, una prudente transacción entre las perfecciones y los vicios.
La concepción dinámica del universo relega a las vi­trinas de museo esas momias éticas, inútiles ya para el devenir de la moralidad en la historia humana. Sólo merecen el nombre de Virtudes las fuerzas que obran en tensión activa hacia la perfección, funcionales, generado­ras. En su vidente libro de juventud escribió Renán: "El gran progreso de la reflexión moderna ha sido sustituir la categoría del devenir a la categoría del ser, la con­cepción de lo relativo a la concepción de lo absoluto, el movimiento a la inmovilidad". Pocas sentenciar son más justas que la del sutil maestro del idealismo.
Para una joven generación de nuestro tiempo es esen­cial conocer las fuerzas morales que obran en las socie­dades contemporáneas: virtudes para la vida social, que no descansan bajo ninguna cúpula. Más que enseñarlas o difundirlas, conviene despertarlas en la juventud que virtualmente las posee. Si la catequesis favorece la per­petuación del pasado, la mayéutica es propicia al flore­cimiento del porvenir.

Dichosos los pueblos de la América Latina si los jó­venes de la Nueva Generación descubren en sí mismos las fuerzas morales necesarias para la magna Obra: des­envolver la justicia social en la nacionalidad continental.

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